El tiempo no pasa

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Estábamos en la fría mañana londinense, esperando para entrar a la Cámara de los Lores, y la suerte quiso que fuera mi vecina en la cola. Y al principio no la reconocí: claro, no la había visto nunca, nada más en una película en la que ella no era ella sino una actriz. Ni siquiera cuando me dijo que venía de Nueva York. Ni siquiera cuando me dijo lo de su esposo. Después, cuando las cámaras de los periodistas norteamericanos no dejaban de enfocarla, la señora que la acompañaba me lo confirmó: ella es la mujer de Horman, el hombre en cuya historia se basó Missing (Desaparecido).  

 

Pero lo importante no es su celebridad fílmica. La enseñanza que me dejó Joyce Horman, además de su afable dignidad, la recordaré siempre. Cuando me dijo “a mi marido lo mataron en Chile”, se le llenaron los ojos de lágrimas, y me di cuenta con horror de que el tiempo no pasa. No puede pasar, se congela en la tarde en la que “entraron los militares y destrozaron nuestra casa”, y apenas puede terminar la frase. Y me doy cuenta de que está viendo a los militares destrozar su casa, que está viendo a Charles Horman tal como lo vio por última vez con vida, y entre eso que sucedió hace veinticinco años y hoy hay un suspiro debilísimo, un ir y venir entre un recuerdo que no cesa y el hoy.

 

Atrás en la misma cola, apenas separados por tres periodistas, había unos tipos siniestros, con bigotes y pelo recortado y engominado como si acabaran de bajar de un Falcon verde. Alguien  me advierte: ésos son de la DINA. Tres acabadísimos exponentes de la policía asesina de Pinochet, a un metro de mi espalda, intentando entrar también. Por suerte, no pudieron entrar: había solamente veinticinco invitaciones para público en general.

 

La exposición de los argumentos por parte de fiscales y defensores se hizo en una sala demasiado pequeña para la memorable dimensión histórica del caso, en la que entre abogados, público e invitados especiales (entre los cuales estaban Isabel Allende, la hija de Salvador, y Juan Pablo Letelier, el hijo del ex-canciller chileno asesinado por la DINA en Washington) no éramos más de cientocincuenta. Los lores, para mi sorpresa, no llevan la tradicional peluca, pero los abogados sí, y los ujieres son de una amabilidad exquisita. Los ritos (ponerse de pie, horarios estrictos, etc.) se cumplen religiosamente en el hermoso palacio que tiene en su extremo opuesto al famoso Big Ben.

 

Nadie sabe cuál será el desenlace, pero cabe un moderado optimismo. Se admitió la presentación de nuevas evidencias (el importante precedente español del pasado viernes, por ejemplo, y las que sustenten el innegable hecho de que Pinochet fue sólo jefe de la junta militar durante los meses siguientes al golpe, por lo cual habría un período en el que no estaría protegido por la inmunidad presidencial). Como otra buena señal, un Lord dejó mudo al abogado de Pinochet cuando le preguntó si consideraba que la tortura era parte de las funciones oficiales de un presidente.

 

Aunque, como contrapartida,  también es cierto que los lores se ciñen con afán al tecnicismo legal. El representante de la acusación demostró cómo un embajador, figura análoga en la que se basa la inmunidad de  Pinochet, no es punible por cometer delitos en el país en que está destacado, siempre y cuando pertenezcan al ejercicio de sus funciones de estado, pero sí lo es cuando se trata de infracciones simples, ejemplificadas en el pasaje leído por el abogado con ‘conducir peligrosamente’. Agregó que lo que se juzga es mucho más grave que el ejemplo, y sin embargo, uno de los lores refutó su argumento indicando que ese pasaje no hacía referencia a delitos internacionales, ya que ‘conducir peligrosamente’ es un delito de ámbito únicamente local.

 

Al interrumpirse la sesión a mediodía, pude mezclarme con la gente que no había conseguido entrar y se manifestaba afuera, rodeados por enjambres de cámaras. Carteles en inglés, en castellano, fotos de desaparecidos, ingleses que se adhieren, coches que pasan con conductores que en su mayoría saludan a los manifestantes tímida o cálidamente. El tiempo no pasa tampoco para los familiares de las víctimas. Hoy es ese mismo minuto de ayer, ese flagrante minuto que nos pide justicia, en las que se cometieron atrocidades como las que describe el juez Garzón en su petición: “(...) a Eduardo Paredes (asesor del presidente Allende) le habían fracturado la columna vertebral, pelvis, muñecas, costillas, cráneo y tenía quemaduras homicidas con soplete o lanzallamas que dejaron marcas negras incluso en los dientes”.

 

Por eso es criminal ceñirse a la idea de que hay que olvidar para asegurar una transición democrática más o menos plácida, aunque flote sobre la sangre, aunque esté construida desde la más siniestra impunidad. Porque el ejemplo que hay que darle al mundo, es que los asesinos y los torturadores serán perseguidos, estén donde estén, pase el tiempo que pase (porque se paran los relojes, Joyce Horman, ahora lo sé), como advertencia para futuros Videlas, para futuros Pinochets.

 

El tiempo no pasa... me lo decía una chilena una semana atrás, en Madrid, en la Plaza de Colón, cuando Amnistía Internacional organizó “una noche sin dormir para que la humanidad pueda dormir mejor”: “a veces yo dudaba, no sé, ya la gente me empezaba a decir que me olvidara, que no siguiera insistiendo con eso, que ya nadie nos iba a hacer caso... pero seguimos luchando y ahora, mira, con lo de Garzón se nos abre una puerta hacia la justicia”. Qué inmensísima alegría habrá tenido (como yo) dos días más tarde, cuando la Audiencia Nacional certificó la competencia de Garzón.  Esa mujer, con ese breve resumen de su lucha de años, me ayudó a entender a Bretch cuando decía que aquellos que luchan toda la vida son los imprescindibles.

 

Me vuelvo a Barcelona. El taxista que me lleva hacia Heatrow se acuerda de Pinochet y concuerda: “Ah, ese general... ése que tiene que ser condenado y no sé por qué aún están en veremos...”  Sin embargo, los diarios ingleses dedican poquísimo espacio al tema, en contraste con los españoles, en los cuales el tema fue varias veces tapa y la cobertura nunca baja de tres a cinco páginas.

 

Recordé unos versos de Dylan Thomas: la pelota con la que jugaba en el parque / aún no ha tocado el suelo. Joyce Horman me mostró que la pelota no puede tocar el suelo, porque el tiempo no pasa, y aunque sea tan doloroso no tiene que pasar, porque hay que mantener encendida la memoria, y porque los muertos están tremendamente vivos. Y piden justicia.

Noviembre de 1998