Que te mueras ahí

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Que no pises las calles nuevamente, General. Que te mueras

ahí. En tu mansión de Surrey, o en España,

que vuelvas a Santiago en un féretro negro,

todavía vitoreado por imbéciles,

entre el odio del mundo y los burdos caballos engalados.

 

En las hermosas plazas liberadas de vos

saber que estás ausente, General. Un sol

que no entendés besa las muchachas de la angustia,

las niñas de familias destrozadas, da color a sus pies.

 

Tu mano ensangrentada, General.

Que vuelva mustia y hueca y detenida. Que no la toque

el sol que no entendés.

 

 

 

 

(Barcelona, 1999)